| En el verano de 1990, Anthony Swofford, un
chico de 20 años que, al igual que su padre y su abuelo,
se había alistado en los marines, llegó al desierto
de Arabia Saudí para luchar en la primera guerra del
Golfo.
En 2003 publicó “Jarhead”, un libro
de memorias de esa época que no tardó en convertirse
en un best seller. Anthony Swofford escribía con
la urgencia, la inmediatez, la honradez y el humor que sólo
puede tener la persona que haya vivido la experiencia en
carne propia.
Esa historia sin pulir, contada por un chico de veinte
años, tenía poco que ver con lo que ofrecían
los periódicos o la televisión. Una guerra
vista desde el suelo con las imágenes de pozos de
petróleo ardiendo en la noche, cual cometas caídos
desde el cielo; hablaba de reclutas ruidosos, cachondos,
polvorientos, llenos de entusiasmo y, al mismo tiempo, atemorizados
ante la idea de que la batalla podía sorprenderles
detrás de la siguiente colina; de chicos jóvenes
a los que habían dejado caer en un terreno inhóspito
que mataban el tiempo jugando al fútbol con las máscaras
antigás puestas, mientras esperaban paquetes de casa,
cartas y revistas porno, apostando en combates de escorpiones
y emborrachándose para celebrar la Navidad. Sin embargo,
en esta situación infernal nacieron amistades improbables,
lealtades eternas, una camaradería que nada podría
romper, la hermandad de los “jardheas” que se
habían jurado fidelidad eterna... semper fi.
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